El sol se escabullo lentamente entre los copos de algodón que acumulados degradaban en gris la inmensa esfera azul. El calor se retiraba de los cuerpos y el ambiente tomaba ese leve frió del invierno tropical. Una densa brisa se deslizaba entre los árboles cargada de la humedad que anuncia la proximidad de la lluvia y las calles sedientas empezaban a emitir ese aroma seductor de la tierra mojada.
Cada esquina de la casa estaba sola, en completa calma. Yo yacía tumbada en la comodidad del diván, sintiendo que mi cuerpo se alargaba con cada corrida de la brisa que acariciaba mi desnudez aun a puertas cerradas.
En un estado de profunda relajación empecé a visualizar múltiples escenas que aparecían ante mi como intensos flashes; me circundaban voces, canciones, las imágenes rotaban a mi alrededor cada vez con mayor velocidad. Un vértigo confuso se apoderó de mi cuerpo y de repente caí en un abismo oscuro, la sensación de que nunca dejaría de caer me hizo darme cuenta de que me había quedado dormida y de que tenia plena conciencia de mi estado.
De repente desde el fondo de la oscuridad se fue dibujando una silueta, algo que avanzaba hacia mi, con una seguridad en los pasos que me infundía confianza y protección. Cuando estuvo lo suficientemente cerca una sonrisa breve afloro a mi rostro: eras tu.
Me percate de que ambos estábamos desnudos, cual Adán al comer la manzana, cuando auscultando mi cuerpo desprovisto me penetraste con una mirada que me hizo estremecer, te acercaste y sin hablar acercaste tus labios a los míos, solo un rose a flor de piel de tus manos en mi espalda y sentía que cada dedo era una espada fraguada en el mas ardiente de los fuegos, la pasión.
Tus manos recorrían mi cuerpo explorando los volúmenes, las depresiones, como si intentaras aprenderme de memoria para luego esculpirme en el mármol que perpetraría mis formas con un frío eterno, fúnebre e inanimado. Cada toque de tus manos me fundía contigo.
Cuando tus manos ya no fueron suficientes, entonces tu boca húmeda y calida se hizo dueña de mis senos, mientras yo me hacia líquidos en el diván.
Los minutos pasaban lentos y mi cuerpo solo pedía que estuvieras dentro de mi, tu me mirabas y en tu rostro se fundían expresiones de dolor y de placer. Ya no puedo mas, te necesito dentro, muy dentro de mi, te lo dije mirándote a los ojos fijamente y como un esclavo servil accediste.
Imposible describir las sensaciones que provocaba cada movimiento, el ritmo, la lentitud, la ansiedad, la rapidez, el dolor, el placer, el calor, el temblor, y finalmente la humedad y la calidez…
La intensidad de la lluvia sobre el frío metal que cobijaba el techo empezó a traerme a la realidad muy lentamente, envuelta en tus besos y enredada en tus piernas que iban diluyéndose y fundiéndose con la imagen real del ambiente gris y frió, la brisa seguía recorriéndome y un temblor leve sacudió mi cuerpo.
Desperté a la humedad de mi entrepierna, al sudor frío de mis poros, a la realidad, desperté a recordar que en pocos minutos estarías aquí.
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