Porque a mi tambien la vida se me detuvo en un momento, tan solo para mirarme de frente y preguntarme: Te atreves…
No tuve que pensarme la respuesta después de haberme cohibido de tanto y presurosa conteste definidamente: Si, me atrevo.
jueves, agosto 10, 2006
martes, agosto 08, 2006
El Despertar del Ser
Abrió las ventanas y sintió el tibio calor del astro de la aurora acariciando suavemente su piel morena, tersa y desnuda. El beso de la brisa matutina removió sus cabellos negros como la noche más oscura. En las flores del balcón todavía llovía. Sus manos delicadas agitaron la pequeña jardinera y algunas gotas atrevidas mojaron su vientre. Se estremeció al sentir el frió, sonrió y mordió sus labios levemente en un gesto de sensualidad que despertara aquella travesura de la naturaleza.
Camino hacia el espejo con la delicadeza con que el viento se mueve entre las nubes y se contempló allí en toda su belleza. La calida luz inundaba, junto a la brisa, toda la habitación y la rodeaba de un aura angelical que le hizo sonrojarse ante su propio cuerpo desnudo frente al espejo.
Sus pies descalzos acariciaban con cada paso la alfombra, dichoso lienzo que yacía debajo de aquel cuerpo luminoso, de esbeltez de estatua griega, de peso ligero y movimientos graciosos y delicados que hubieran podido causar envidia a la misma Venus. Que mal se hubiera sentido Milo si viviera para saber que alguna belleza real podía superar la de su famosa escultura.
En sus nalgas, insolentemente, rozaba su pelo. Sus manos lo adelantaron hasta su pecho y tejieron una infinita trenza que la dejó mas descubierta.
Desde la punta de la trenza ascendió su mano despacio hasta sus senos. Acarició el volumen y la forma a ojos cerrados, como intentando encontrarse en ese cuerpo que a veces le parecía ajeno, como queriendo desdibujar sus carnes para descubrir su ser.
Sintió que un vapor sutil subía a sus mejillas y abrió los ojos, se observo sonrosada y vio que sus pechos se endurecían ante el roce de sus manos diluidas en la brisa, que descendieron por su estomago siguiendo la línea de delgados bellos morenos sobre su abdomen. Una pequeña y profunda depresión detuvo sus dedos que curiosos contornearon el área del diminuto agujero justo en medio de su vientre.
Miró alrededor, todo parecía rodeado de un aire diferente, se sentía parte de todo lo que había a su alrededor, había descubierto una sensibilidad oculta en su piel, había notado la complicidad de las cosas, había visto que la naturaleza intentaba hacerle el amor.
Se rindió ante el cúmulo de sensaciones, sintió que le faltaba el aire y que el vapor en sus mejillas ahora recorría todo su cuerpo. Se acerco a la ventana, respiro, inhalo aire cuanto pudo y lo exhalo levemente… se había encontrado en ella.
Sonrió, se echó en la cama sobre las sabanas blancas desordenadas, destejió la trenza en su completa longitud, abrió sus brazos y piernas y cerro sus ojos. Dejo que la brisa matutina recorriera cada rincón, dejo que el aire se mezclara con la mas profunda esencia de su ser.
La brisa corrió con ímpetu agitando las flores del balcón y las cortinas de la habitación, hasta llegar ante ella, entonces recorrió suavemente su cuerpo, cada centímetro de su piel; la brisa se deslizo libremente por toda su extensión y luego, con un beso en su frente se retiro.
Ella dulcemente tomo las sabanas y con la ternura de un niño se arrulló. Durmió toda la mañana, sabiendo que estaba allí y que ese hermoso cuerpo no era un montón de carne inconexo de su ser, durmió como nunca había dormido, sabiendo que todos los días tenia una ventana con flores húmedas y brisa fresca y luz del sol. Estaba tan complacida que simplemente, se durmió, sabiendo que tenía todo lo que necesitaba para ser feliz.
Camino hacia el espejo con la delicadeza con que el viento se mueve entre las nubes y se contempló allí en toda su belleza. La calida luz inundaba, junto a la brisa, toda la habitación y la rodeaba de un aura angelical que le hizo sonrojarse ante su propio cuerpo desnudo frente al espejo.
Sus pies descalzos acariciaban con cada paso la alfombra, dichoso lienzo que yacía debajo de aquel cuerpo luminoso, de esbeltez de estatua griega, de peso ligero y movimientos graciosos y delicados que hubieran podido causar envidia a la misma Venus. Que mal se hubiera sentido Milo si viviera para saber que alguna belleza real podía superar la de su famosa escultura.
En sus nalgas, insolentemente, rozaba su pelo. Sus manos lo adelantaron hasta su pecho y tejieron una infinita trenza que la dejó mas descubierta.
Desde la punta de la trenza ascendió su mano despacio hasta sus senos. Acarició el volumen y la forma a ojos cerrados, como intentando encontrarse en ese cuerpo que a veces le parecía ajeno, como queriendo desdibujar sus carnes para descubrir su ser.
Sintió que un vapor sutil subía a sus mejillas y abrió los ojos, se observo sonrosada y vio que sus pechos se endurecían ante el roce de sus manos diluidas en la brisa, que descendieron por su estomago siguiendo la línea de delgados bellos morenos sobre su abdomen. Una pequeña y profunda depresión detuvo sus dedos que curiosos contornearon el área del diminuto agujero justo en medio de su vientre.
Miró alrededor, todo parecía rodeado de un aire diferente, se sentía parte de todo lo que había a su alrededor, había descubierto una sensibilidad oculta en su piel, había notado la complicidad de las cosas, había visto que la naturaleza intentaba hacerle el amor.
Se rindió ante el cúmulo de sensaciones, sintió que le faltaba el aire y que el vapor en sus mejillas ahora recorría todo su cuerpo. Se acerco a la ventana, respiro, inhalo aire cuanto pudo y lo exhalo levemente… se había encontrado en ella.
Sonrió, se echó en la cama sobre las sabanas blancas desordenadas, destejió la trenza en su completa longitud, abrió sus brazos y piernas y cerro sus ojos. Dejo que la brisa matutina recorriera cada rincón, dejo que el aire se mezclara con la mas profunda esencia de su ser.
La brisa corrió con ímpetu agitando las flores del balcón y las cortinas de la habitación, hasta llegar ante ella, entonces recorrió suavemente su cuerpo, cada centímetro de su piel; la brisa se deslizo libremente por toda su extensión y luego, con un beso en su frente se retiro.
Ella dulcemente tomo las sabanas y con la ternura de un niño se arrulló. Durmió toda la mañana, sabiendo que estaba allí y que ese hermoso cuerpo no era un montón de carne inconexo de su ser, durmió como nunca había dormido, sabiendo que todos los días tenia una ventana con flores húmedas y brisa fresca y luz del sol. Estaba tan complacida que simplemente, se durmió, sabiendo que tenía todo lo que necesitaba para ser feliz.
lunes, agosto 07, 2006
Bitácora de un suicidio
Busqué entre la enmarañada complejidad de aquel bolso lleno de departamentos. La exigüidad del farol en la cera de enfrente no ayudaba mucho y mi tacto llevo a cabo la labor. Entre cosas de distinta dureza, toque las insiciones del frío e irregular metal.
Abrí la puerta despacio, el chirrido de piezas oxidadas rompió la sensación de complicidad. Me asome antes de entrar, quizás solo para hacerle el juego a esa misteriosa noche sin luna, o quizás como una burla inconciente a la soledad de aquel lugar que podía sentirse en el ambiente, en el orden, en el polvo, en la frialdad.
Deslicé mi índice por el cristal de una mesa de pared, dejando una estela despojada de la gruesa capa de polvo que hacia áspera la superficie del cristal. Una fotografía yacía tumbada, cubierta por la misma capa que unificaba todo lo que había en aquella mesa estrecha. Recorrí los bordes del portarretrato de madera, mi tacto estaba listo para algo tosco, pero me sorprendió la suavidad de aquella madera; limpié un poco el polvo con mi pañuelo y lo acerqué a mi rostro, el olor era inconfundible, la madera era Sabina, que es la madera en que debería enmarcarse todo buen recuerdo.
Una brisa helada me recordó que la puerta estaba abierta, mire hacia la calle y vi que la luz se detenía justo antes de la puerta, como si temiera entrar a aquel lugar, a aquel limbo donde el tiempo parecía haberse desatado en toda su infinitud.
Me acerque a la puerta e invite la luz, pero era imposible, el único farol que alumbraba desde la calle era muy pobre. Cerré la puerta y recorrí las paredes hasta encontrar el interruptor. La luz parpadeo por unos segundos, como resistiendo la presión de la oscuridad que parecía absorberla.
Ni el menor ruido interrumpía la inquietante calma del lugar.
Todo se mezclaba y, en las cosas, subyacía una intención de dar al lugar aquella aura en la que solo un verbo podía ser conjugado: Soledad.
Recordé el portarretrato y volví a la mesa para observar la foto: estaba allí rodeado de su familia, de su gente, de amigos. Y toda esa felicidad que había quedado congelada en esa foto era la antitesis de su realidad actual.
La noticia del día anterior me hizo salir repentinamente de mi letargo interior; deje de invernar para darme cuenta de que verdaderamente se había extinguido su luz. Y me pareció que fue ayer el día en que redecoraba esta habitación… todo estaba intacto.
Meses atrás me había llamado para pedirme auxilio, pero yo también había decidido estar sola, aunque mi situación fue siempre manejable, y hasta hoy entiendo la desesperación exasperante en que expiró. Todos lo conocían, el conocía a todos, solo que nunca termino de callar. Cada vez las palabras se extinguían a flor de labios, porque nadie era como el. Por que todos eran diferentes. ¡que riesgoso era aceptarlo! Que riesgoso es aceptar que no todos somos iguales.
Apagué la luz y a tientas repose mi cuerpo en la cama.
La oscuridad se sentía pesada sobre mi cuerpo, todo era consumido por la negritud, la ausencia completa de color me hizo sentir en medio de la nada, estando justamente en el centro de aquella enorme ciudad. La horrible sensación de estar cayendo perdida en aquel luto frió y eterno me hizo sentir un horrible miedo. Salí, encendí la luz. Cada minuto de aquella noche rogué por que saliera el sol. Los objetos inánimes no representaban compañía y la luz parecía que estaba siendo tragada cada vez mas rápidamente, el frío me llegaba a los huesos.
No soporté más. Salí. En esa larga noche, solo el farol y yo en la acera de enfrente.
Así fueron sus ultimas noches, largas, solas, frías…
Así fueron los últimos años de su vida; su vida de centro de ciudad que tanto había anhelado desde aquel pueblecito viejo. Así fue su carrera profesional en la universidad que sus padres deseaban. Así fue estar en el medio de todo y sentirse en el medio de la nada.
Así fue como decidió que muerto por lo menos estaría acompañado de gusanos.
Abrí la puerta despacio, el chirrido de piezas oxidadas rompió la sensación de complicidad. Me asome antes de entrar, quizás solo para hacerle el juego a esa misteriosa noche sin luna, o quizás como una burla inconciente a la soledad de aquel lugar que podía sentirse en el ambiente, en el orden, en el polvo, en la frialdad.
Deslicé mi índice por el cristal de una mesa de pared, dejando una estela despojada de la gruesa capa de polvo que hacia áspera la superficie del cristal. Una fotografía yacía tumbada, cubierta por la misma capa que unificaba todo lo que había en aquella mesa estrecha. Recorrí los bordes del portarretrato de madera, mi tacto estaba listo para algo tosco, pero me sorprendió la suavidad de aquella madera; limpié un poco el polvo con mi pañuelo y lo acerqué a mi rostro, el olor era inconfundible, la madera era Sabina, que es la madera en que debería enmarcarse todo buen recuerdo.
Una brisa helada me recordó que la puerta estaba abierta, mire hacia la calle y vi que la luz se detenía justo antes de la puerta, como si temiera entrar a aquel lugar, a aquel limbo donde el tiempo parecía haberse desatado en toda su infinitud.
Me acerque a la puerta e invite la luz, pero era imposible, el único farol que alumbraba desde la calle era muy pobre. Cerré la puerta y recorrí las paredes hasta encontrar el interruptor. La luz parpadeo por unos segundos, como resistiendo la presión de la oscuridad que parecía absorberla.
Ni el menor ruido interrumpía la inquietante calma del lugar.
Todo se mezclaba y, en las cosas, subyacía una intención de dar al lugar aquella aura en la que solo un verbo podía ser conjugado: Soledad.
Recordé el portarretrato y volví a la mesa para observar la foto: estaba allí rodeado de su familia, de su gente, de amigos. Y toda esa felicidad que había quedado congelada en esa foto era la antitesis de su realidad actual.
La noticia del día anterior me hizo salir repentinamente de mi letargo interior; deje de invernar para darme cuenta de que verdaderamente se había extinguido su luz. Y me pareció que fue ayer el día en que redecoraba esta habitación… todo estaba intacto.
Meses atrás me había llamado para pedirme auxilio, pero yo también había decidido estar sola, aunque mi situación fue siempre manejable, y hasta hoy entiendo la desesperación exasperante en que expiró. Todos lo conocían, el conocía a todos, solo que nunca termino de callar. Cada vez las palabras se extinguían a flor de labios, porque nadie era como el. Por que todos eran diferentes. ¡que riesgoso era aceptarlo! Que riesgoso es aceptar que no todos somos iguales.
Apagué la luz y a tientas repose mi cuerpo en la cama.
La oscuridad se sentía pesada sobre mi cuerpo, todo era consumido por la negritud, la ausencia completa de color me hizo sentir en medio de la nada, estando justamente en el centro de aquella enorme ciudad. La horrible sensación de estar cayendo perdida en aquel luto frió y eterno me hizo sentir un horrible miedo. Salí, encendí la luz. Cada minuto de aquella noche rogué por que saliera el sol. Los objetos inánimes no representaban compañía y la luz parecía que estaba siendo tragada cada vez mas rápidamente, el frío me llegaba a los huesos.
No soporté más. Salí. En esa larga noche, solo el farol y yo en la acera de enfrente.
Así fueron sus ultimas noches, largas, solas, frías…
Así fueron los últimos años de su vida; su vida de centro de ciudad que tanto había anhelado desde aquel pueblecito viejo. Así fue su carrera profesional en la universidad que sus padres deseaban. Así fue estar en el medio de todo y sentirse en el medio de la nada.
Así fue como decidió que muerto por lo menos estaría acompañado de gusanos.
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